Estamos ante una nueva y profunda brecha educativa, según analiza la prensa europea. Se trata de un fenómeno inquietante: niños de clases acomodadas educados por profesores a través de una enseñanza dirigida y personalizada, frente a niños de escasos recursos cuyo proceso educativo recae casi exclusivamente en la interacción con pantallas.
Esta realidad se perfila como una nueva fuente de desigualdad humana. La brecha digital educativa no solo abarca la histórica asimetría entre quien posee un dispositivo con acceso a internet y quien carece de él; asimismo, las clases privilegiadas cuentan con herramientas de IA orientadas a potenciar el conocimiento, mientras que en los sectores vulnerables la tecnología suele ocupar un espacio pasivo, con menos recursos interactivos de calidad que ayuden a cerrar las brechas de oportunidades.
El mundo necesita hoy, más que nunca, más profesores. Según la Unesco, hay un déficit global de 44 millones de docentes, que equivale a la población de un país como Colombia. Solo en Europa y Estados Unidos se requieren 5 millones de nuevos maestros. La gran preocupación radica en que no estamos atrayendo ni reteniendo el talento humano necesario, convirtiendo la educación personalizada en un lujo. El sustituto —las pantallas— ofrece una dinámica totalmente distinta, desprovista de orientación cercana y empatía pedagógica.
Estudios desarrollados por fundaciones especializadas hablan abiertamente de la «obesidad digital» entre las poblaciones con menores ingresos. Paradójicamente, al ser más vulnerables, terminan consumiendo más contenidos pasivos en pantalla. En síntesis: a los niños ricos los educan los profesores; a los pobres, los dispositivos.
A esto se suma el factor familiar. Con el auge del teletrabajo y las dinámicas modernas, los padres disponen de menos tiempo de calidad en el hogar. Los análisis derivados de los últimos resultados de las pruebas PISA 2025 han encendido una gran alerta sobre la urgencia de un mayor acompañamiento cotidiano en casa.
Los adolescentes manifiestan que sus padres les preguntan cada vez menos por su rendimiento académico; las mediciones reflejan que esta preocupación percibida bajó del 77 % al 69 %, lo que debilita una interacción familiar que resulta determinante en la actitud positiva hacia el aprendizaje.
Este debate sobre la automatización del conocimiento trasciende las aulas y salpica a la propia creación intelectual. Lo vemos en la literatura y el periodismo, donde el uso desmedido de la IA inunda las redes con contenidos repetitivos, superficiales y, en ocasiones, cargados de plagio o información falsa.
Afortunadamente, frente a estos vacíos de la IA —que incluso han generado líneas rojas en la industria por la imposibilidad de registrar derechos de autor sobre contenidos generados por máquinas—, las librerías tradicionales y los lectores exigentes seguirán privilegiando los textos originales, aquellos que estimulan el pensamiento crítico y el desarrollo intelectual. No se trata de satanizar la tecnología. Como lo han señalado diversos científicos, la capacidad de programar y modelar sistemas ha revolucionado la ciencia contemporánea. Sin embargo, en la formación humana y el pensamiento reflexivo, la máquina nunca reemplazará la calidez, la orientación ética y la inspiración que solo un maestro en el aula y una familia presente en el hogar pueden brindar.
